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EL DELFÍN SALTARÍN
Cuentan que en el inmenso mar que rodea una lejana isla tropical, en sus cálidas aguas, habita un peculiar personaje al que la gente del lugar lo conoce como “el delfín saltarín” pero nadie sabe que ese hermoso delfín tiene un nombre, porque una Tortuga bonita lo llama “Gael” y ella lo cuida y juega con él.
 “Gael el delfín saltarín” sale todas las tardes a la superficie del mar y recorre la isla con singulares movimientos lanzando pequeños gritos para llamar la atención, la gente lo ve y se mete al agua para jugar con él, a Gael no le dan miedo las personas, por el contrario le encanta acercarse y que lo acaricien, su pasatiempo favorito llega cada domingo porque las familias van a la playa y los niños se meten al mar, entonces le gritan y aplauden, Gael está esperando ansioso en el fondo del mar oír que sus amiguitos ya están listos para jugar, nada velozmente y da unos enormes saltos girando y haciendo ruidos con su voz, no existe nada mejor para el que divertirse con sus amiguitos.
 Un día la fama de Gael llego a oídos de gente mala, que fue a la isla para atraparlo, pues querían llevarlo a un circo acuático en la gran ciudad, muchas lanchas invadieron el mar y cuando gael salió a la superficie pensando que eran sus amiguitos, zas!!! Quedó atrapado en una fea y gruesa red que no lo dejaba moverse, Gael pidió auxilio con su voz aguda… y en el fondo del mar la “Tortuga bonita” oyó los gritos desesperados y le aviso rápidamente al “Rey Tiburón” un gran escualo, musculoso y con gran poder en sus mandíbulas con las que rasgo la red para liberar al delfín.
Juntos los tres Gael, Tortuga y el rey tiburón se escondieron en un remanso lejos de la isla, la gente de la isla ya no veía al delfín saltarín, los niños estaban tristes porque ya no tenían a su amigo para jugar.
Una gaviota llamada “Ga” oyó todo lo que la gente decía y fue a contarle a la tortuga Bonita, entonces en reunión familiar hablo el rey tiburón le dijo a Gael, hijo no toda la gente es mala, entiendo que tienes miedo por lo que paso, pero piensa en tus amiguitos que están tristes, ¿recuerdas cuánto te gustaba jugar con ellos? Gael recordó todas las tardes agradables y divertidas que pasaba con los niños, “Tortuga bonita” le dijo, pequeño delfín tú has venido al mundo para alegrar con tus saltos a los niños!!! Tu encanto y alegría hacen que las personas sean mejores cuando están cerca de ti, hijito ¿no quieres ir a jugar con tus amiguitos? Siii grito Gael!! Vamos a la isla por favor, por favor, ¿podemos ir?  Era un domingo triste, hasta el cielo estaba medio nublado, aun así las familias se reunían en la playa, de repente!! Gael dio un gran salto con dos piruetas por el aire y cayó estrepitosamente en el agua lanzando gritos con su voz!!! Miren miren ha vuelto el “delfín saltarín”! gritaban los niños alzando sus brazos y aplaudiendo se metieron al mar y haciendo un gran circulo rodearon a Gael y le decían….no dejaremos que nadie te haga daño, eres nuestro mejor amigo y te queremos mucho!! Por favor no te vuelvas a esconder!, a lo lejos tortuga bonita y el rey tiburón veían complacidos la escena, en el cielo el sol brillo nuevamente y sus rayos bañaban de alegría y felicidad a las familias en la playa.
Gael el delfín saltarín aun suele aparecer todos los días, en la isla todo mundo habla del y los niños esperan ansiosos el domingo para reunirse con su mejor amigo y jugar. Cuentos Educativos
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EL PALACIO DEL SOL
 A vosotras, madres de las muchachas anémicas, va esta historia, la historia de Berta, la niña de los ojos color de aceituna, fresca como una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la princesa de un cuento azul.
 Ya veréis, sana y respetables señoras, que hay algo mejor que el arsénico y el fierro, para encender la púrpura de las lindas mejillas virginales; y que es preciso abrir la puerta de su jaula a vuestras avecitas encantadoras, sobre todo, cuando llega el tiempo de la primavera y hay ardor en las venas y en las savias, y mil átomos de sol abejean, en los jardines, como un enjambre de oro sobre las rosas entreabiertas.
 Cumplidos sus quince años, Berta empezó a entristecer, en tanto que sus ojos llameantes se rodeaban de ojeras melancólicas.
-Berta, te he comprado dos muñecas...
-No las quiero, mamá...
-He hecho traer los Nocturnos...
-Me duelen los dedos, mamá...
-Entonces...
-Estoy triste, mamá...
-Pues que se llame al doctor...
Y llegaron las antiparras de aros de carey, los guantes negros, la calva ilustre y el cruzado levitón.
 Ello era natural. El desarrollo, la edad...síntomas claros, falta de apetito, algo como una opresión en el pecho... Ya sabéis; dad a vuestra niña glóbulos de arseniato de hierro, luego, duchas. ¡El tratamiento!... Y empezó a curar su melancolía, con glóbulos y duchas al comenzar la primavera, Berta, la niña de los ojos color de aceituna, que llegó a estar fresca como una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la princesa de un cuento azul.  A pesar de todo las ojeras persistieron, la tristeza continuó, y Berta, pálida como un precioso marfil, llegó un día a las puertas de la muerte. Todos lloraban por ella en el palacio, y la sana y sentimental mamá hubo de pensar en las palmas blancas del ataúd de las doncellas. Hasta que una mañana la lánguida anémica bajó al jardín, sola, y siempre con su vaga atonía melancólica, a la hora en que el alba ríe. Suspirando erraba sin rumbo, aquí, allá; y las flores estaban tristes de verla. Se apoyó en el zócalo de un fauno soberbio y bizarro, cincelado por Plaza, que húmedos de rocío sus cabellos de mármol bañaba en luz su torso espléndido y desnudo. Vio un lirio que erguía al azul la pureza de su cáliz blanco, y estiró la mano para cogerlo.  No bien había... (Sí, un cuento de hadas, señoras mías, pero que ya veréis sus aplicaciones en una querida realidad), no bien había tocado el cáliz de la flor, cuando de él surgió de súbito una hada, en su carro áureo y diminuto, vestida de hilos brillantísimos e impalpables, son su aderezo de rocío, su diadema de perlas y su varita de plata.  ¿Creéis que Berta se amedrentó? Nada de eso. Batió palmas alegres, se reanimó como por encanto, y dijo al hada: -¿Tú eres la que me quieres tanto en sueños? -Sube, respondió el hada. Y como si Berta se hubiese empequeñecido, de tal modo cupo en la concha del carro de oro, que hubiera estado holgada sobre el ala corva de un cisne a flor de agua.  Y las flores, el fauno orgulloso, la luz del día, vieron cómo en el carro del hada iba por el viento, plácida y sonriendo al sol, Berta, la niña de los ojos color de aceituna, fresca como una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la princesa de un cuento azul.Cuando Berta, ya alto el divino cochero, subió a los salones, por las gradas del jardín que imitaban esmaragdita, todos, la mamá, la prima, los criados, pusieron la boca en forma de O. Venía ella saltando como un pájaro, con el rostro lleno de vida y de púrpura, el seno hermoso y henchido, recibiendo las caricias de un crencha castaña, libre y al desgaire, los brazos desnudos hasta el codo, medio mostrando la malla de sus casi imperceptibles venas azules, los labios entreabiertos por una sonrisa, como para emitir una canción.
 Todos exclamaron: -¡Aleluya! ¡Gloria! ¡Hosanna al rey de los Esculapios! ¡Fama eterna a los glóbulos de ácido arsenioso y a las duchas triunfales. Y mientras Berta corrió a su retrete a vestir sus más ricos brocados, se enviaron presentes al viejo de las antiparras de aros de carey, los guantes negros, la calva ilustre y del cruzado levitón. Y ahora, oíd vosotras, madres de las muchachas anémicas, cómo hay algo mejor que el arsénico y el fierro, para eso de encender la púrpura de las lindas mejillas virginales. Y sabréis, ¿cómo no?, que no fueran los glóbulos, no; no fueron las duchas, no; no fue el farmacéutico, quien devolvió salud y vida a Berta, la niña de los ojos color de aceituna, alegre y fresca como una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la princesa de un cuento azul. Así que Berta se vio en el carro del hada, le preguntó: -¿Y adónde me llevas? -Al palacio del sol. Y desde luego sintió la niña que sus manos se tornaban ardientes, y que su corazoncito le saltaba como henchido de sangre impetuosa. -Oye- siguió el hada-, yo soy la buena hada de los sueños de la niñas adolescentes; yo soy la que curo a las cloróticas con sólo llevarlas en mi carro de oro al palacio del sol, adonde vas tú. Mira, chiquita, cuida de no beber tanto el néctar de la danza, y de no desvanecerte en las primeras rápidas alegrías. Ya llegamos. Pronto volverás a tu morada. Un minuto en el palacio del sol deja en los cuerpos y en las almas años de fuego, niña mía.
 En verdad estaban en un lindo palacio encantado, donde parecía sentirse el sol en el ambiente. ¡Oh, qué luz! ¡qué incendios! - Sintió Berta que se le llenaban los pulmones de aire de campo y de mar, y las venas de fuego; sintió en el cerebro esparcimiento de armonía, y cómo que el alma se le ensanchaba, y como que se ponía más elástica y tersa su delicada carne de mujer. Luego vio, vio sueños reales, y oyó, oyó músicas embriagantes. En vastas galerías deslumbradoras, llenas de claridades y de aromas, de sederías y de mármoles, vio un torbellino de parejas, arrebatadas por las ondas invisibles y dominantes de un vals.  Vio que otras tantas anémicas como ella, llegaban pálidas y entristecidas, respiraban aquel aire, y luego se arrojaban en brazos de jóvenes vigorosos y esbeltos, cuyos bozos de oro y finos cabellos brillaban a la luz; y danzaban, y danzaban, con ellos, en una ardiente estrechez, oyendo requiebros misteriosos que iban al alma, respirando de tanto en tanto como hálitos impregnados de vainilla, de haba de Tonka, de violeta, de canela, hasta que con fiebre, jadeantes, rendidas, como palomas fatigadas de un largo vuelo, caían sobre cojines de seda, los senos palpitantes, las gargantas sonrosadas, y así soñando en cosas embriagadoras... -Y ella también cayó al remolino, al maelstrón atrayente, y bailó, giró, pasó, entre los espasmos de un placer agitado; y recordaba entonces que no debía embriagarse tanto con el vino de la danza, aunque no cesaba de mirar al hermoso compañero, con sus grandes ojos de mirada primaveral. Y él la arrastraba por las vastas galerías, ciñendo su talle, y hablándole al oído, en la lengua amorosa y rítmica de los vocablos apacibles, de las frases irisadas, y olorosas, de los períodos cristalinos y orientales.
 Y entonces ella sintió que su cuerpo y su alma se llenaban de sol, de efluvios poderosos y de vida. ¡No, no esperéis más! El hada la volvió al jardín de su palacio, al jardín donde cortaba flores envueltas en una oleada de perfumes, que subía místicamente a las ramas trémulas, para flotar como el alma errante de los cálices muertos.
Así fue Berta a vestir sus más ricos brocados, para honra de los glóbulos y duchas triunfales, llevando rosas en las faldas y en las mejillas! ¡Madres de las muchachas anémicas! Os felicito por la victoria de los arseniatos e hipofosfitos del señor doctor. Pero, en verdad os digo: es preciso, en provecho de las lindias mejillas virginales, abrir la puerta de su jaula a vuestras avecitas encantadoras, sobre todo, en el tiempo de la primavera, cuando hay ardor en las venas y en las savias, y mil átomos de sol abejan en los jardines como un enjambre de oro sobre las rosas entreabiertas. Para vuestras cloróticas, el sol en los cuerpos y en las almas. Sí, al palacio del sol, de donde vuelven las niñas como Berta, la de los ojos color de aceituna, frescas como una rama de durazno en flor; luminosas como un alba, gentiles como la princesa de un cuento azul.  Rubén Darío
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LA CASA EMBRUJADA
 Allá en el siglo XIX, Inglaterra era una nación próspera. Uno de los detalles que la distinguía, era su sobria y refinada arquitectura. Nada más llegar a una ciudad, el visitante podía extasiarse con las construcciones, y el orden y limpieza que imperaban en ellas. La profesión de arquitecto gozaba de buena reputación por aquel entonces, y cualquiera que cursara dicha carrera, tenía el futuro asegurado. Pero esto no le sucedió a Herbert, quien sólo pudo construir con gran sacrificio, su casa propia. Tarea que logró, con los ahorros obtenidos de su empleo oficial, maestro de piano de las niñas de clase alta.  Durante diez años ahorró todo lo que pudo, para ir construyendo poco a poco su hogar. Nunca logró ejercer como arquitecto, pues provenía de una familia modesta y no contaba con los contactos sociales necesarios para conseguir un encargo. Herbert era un buen pianista, pero su verdadera pasión, era la construcción de edificios, por tanto puso todo su empeño y amor en aquella tarea. Al cabo de diez años, culminó su única obra maestra. Una casa de dos pisos, sin mayores particularidades en su exterior, ya que Herbert no contaba con dinero para pagar grandes impuestos, por lo que tuvo que contentarse con dejar la belleza hacia el interior, a fin de aminorar los costos que el estado le impondría a su casa.  El interior de la casa era una verdadera joya de la arquitectura y la decoración. Cada detalle había salido de lo más profundo de su sensibilidad y la casa poseía un halo como mágico. Como era natural, en su hogar incluyó un cuarto de música, el que aprovecharía para impartir sus clases y así ganar más dinero. Pero quiso la vida jugarle una mala pasada. El mismo día que Herbert ocupó finalmente su casa, y mientras tocaba por primera vez el piano en su vivienda, sufrió un ataque misterioso y cayó muerto sobre las teclas del piano.  Nadie pudo explicar la misteriosa muerte del arquitecto, pero se dice que la casa pareció morir con él. Después del entierro llegaron los abogados para tomar posesión de la casa, pues no había ningún heredero conocido. Los juristas inventariaron todo y realizaron los papeleos, luego de lo cual, subastaron la casa, como es de estilo. Una familia de clase media compró el hogar de Herbert, pero un mes después, la casa fue puesta nuevamente en venta. Esta vez, fue un rico solterón avaro, quién la compró, corriendo la misma suerte.  Después fue un comerciante de lanas que deseaba utilizarla como tienda. Así fueron pasando los años hasta que la casa adquirió fama de embrujada y ya no pudieron venderla. Con el tiempo, pasó a manos del estado, que tampoco pudo disponer de ella.  En la actualidad, la casa de Herbert sigue allí, tal como la dejó su dueño, los años no parecen afectarla, pero tampoco acepta moradores. Nadie pudo nunca explicar lo que allí ocurrió, pero por las dudas, el gobierno inglés decretó que la casa sea dejada a su suerte, hasta que el tiempo de cuenta de ella. Tal como vienen las cosas, es posible que la vida en el planeta se extinga, y la casa del frustrado arquitecto siga esperando por su legítimo dueño.  Autora: Andrea Sorchantes
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EL HADA Y EL NIÑO DEL BOSQUE
Érase una vez un hada que se hallaba observando desde hacía tiempo a un niño. Lo había atraído hacia él su corazón noble y limpio y a ella le agradaba adentrarse en sus emociones y sentir su silencio interior. Era un niño tranquilo y sensible que vivía en una granja en el bosque y desde pequeño había aprendido a amarlo y a respetarlo. Conocía el lenguaje de los animales y le encantaba jugar con la brisa. En el bosque siempre había encontrado a un amigo invisible que se hallaba presente en el borboteo del agua, en el movimiento de los animales y en suave el balanceo de las ramas de los árboles con el viento en otoño.  El hada quería que su vida mejorara por lo que le envió con su aliento de luz la prosperidad suficiente para que el niño y su familia pudieran mudarse a una mansión en una población cercana a la ciudad.   El niño sentía melancolía por la espontaneidad de los animalitos y el vuelo grácil de la alondra o la majestuosidad de las alas de las águilas, esos señores que reinaban en el cielo de las alturas y que vigilaban las cumbres nevadas. A veces, el niño soñaba con que esas enormes alas lo abrazaran.  Él consideraba a las águilas como los vigías del cielo y sabía que algún día sus alas protegerían al mundo. Al niño su mamá le leía cada día cuentos de hadas. Las hadas velaban por los animales y las plantas del bosque. El niño se imaginaba en secreto siendo invisible como ellas y mirando a los demás con una mente neutral libre de juicios y de cargas. Esa ligereza le hacía elevarse por encima de sus pensamientos.
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EL GRAN CABALLERO ELFO
La tierra de los elfos había estado en paz desde hacía muchísimo tiempo, tanto, que sus guerreros habían olvidado su oficio. Todo era alegría y prosperidad y los bosques florecían cada vez más hermosos.  Las hadas y demás criaturas del bosque retozaban en los estanques y jugaban a las escondidas entre las flores. Los frutos eran más dulces que nunca y nadie debía preocuparse por nada, tan solo de divertirse y crear cosas bellas. Pero en la montaña maldita, donde siempre azotaba la noche tormentosa, vivía una bruja de la noche que odiaba la luz del día y las flores y todo aquello que estuviese relacionado con la belleza. Ella quería convertir la tierra a su imagen y semejanza, para poder ser el ama de todo y pasearse a sus anchas, sometiendo a todos a su voluntad.  Nix, que así se llamaba la bruja, se puso a trabajar en un conjuro espantoso para lograr sus propósitos. Colocó un gran caldero sobre el fuego y comenzó a preparar su poción, mezcló dos patas de grillo, con las antenas de una cucaracha, la lengua de una salamandra, aliento de dragón, una ramita de muérdago enano y siete cabezas de piojo. Mezcló todo aquello con una cuchara de hueso de eohipo y lo guardó en una botella especial para pócimas. La bruja subió a lo más alto de la montaña maldita y esparció su poción a los cuatro vientos, mientras decía las palabras mágicas: “stultus vinci silente”. Al instante se produjo un destello en el cielo, que se esparció hacia todo el planeta, sumiendo a la tierra en la tormenta perpetua. Los animales, hombres y plantas comenzaron a debilitarse rápidamente, incluso la tierra de los elfos se vio afectada.  En pocos días, toda la vida sobre la tierra estaba amenazada, no tardaría mucho en extinguirse. El concejo de los elfos convocó a todos los grandes magos de la naturaleza, para ver si podían contrarrestar el poderoso hechizo. Magos, brujos, wiccans y todas las criaturas mágicas se acercaron al concilio para sumar sus fuerzas. Nada podían hacer contra Nix y sus poderes, que a cada momento crecían más. Intentaban todas las artes que conocían, pero todo era inútil. Entonces lanzaron su última carta, el gran libro de la magia élfica. En este libro legendario había una profecía que anticipaba lo que estaba ocurriendo, y la profecía afirmaba que un caballero élfico sería el único capaz de salvarlos.  La batalla parecía perdida, pues los caballeros elfos habían olvidado todo cuanto sabían. El concilio de los seres mágicos se lamentó de su suerte. Cuando todos se retiraban para aguardar el final, se oyó un cuerno a lo lejos. Era un llamado antiguo, el llamado de un caballero de los elfos. Nadie podía creer lo que escuchaba, pero se apresuraron a buscar en el horizonte las señales del caballero. A lo lejos, muy pequeñito, pudo divisarse el pequeño caballero, acercándose montado en su ratón mágico. Cuando el caballero llegó hasta los miembros del concilio les contó que había oído hablar de la leyenda y que nunca había dado crédito a ella hasta que se hizo la noche eterna. Por eso había viajado desde muy lejos para ofrecer sus servicios. 
Los grandes magos condujeron al caballero hasta la torre del castillo del rey de los elfos, allí era donde debía hacer sonar su cuerno. De acuerdo a la profecía, debía resoplar con toda su fuerza para destruir el maleficio. El callero Rhein, que así se llamaba, ubicó su cuerno en la almena de la torre y aspiró tan profundo como le fue posible. Acercó su boca al cuerno y resopló con toda su potencia, haciendo resonar por todos los rincones de las tierras altas, el ronco bramido. El sonido llegó hasta la morada de Nix, quien dormía plácidamente. El rugido del cuerno entró en los oídos de la bruja convirtiéndola en polvo, entre chillidos y pataleos. Apenas la bruja hubo desaparecido, el hechizo se rompió y la luz comenzó a inundar cada negro rincón. 
La tibieza del sol fue restableciendo el orden en todos los reinos y rincones del planeta, devolviendo la vida a toda criatura. Así, la tierra fue salvada de la malvada bruja por Rhin, el gran caballero de los elfos.  Autora: Andrea Sorchantes.
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DIOS ES COMO EL AZÚCAR
 Cierto día, la profesora, queriendo saber si todos habían estudiado la Lección solicitada, preguntó a los niños quién sabría explicar quién es Dios. Uno de los niños levantó el brazo y dijo: - Dios es nuestro padre. Él hizo la tierra, el mar y todo que está en ella; nos hizo como hijos de Él. La profesora, queriendo buscar más respuestas, fue más lejos:  - ¿Cómo saben que Dios existe, si nunca lo han visto? La sala quedó toda en silencio. Pedro, un niño muy tímido, levantó la mano y dijo: - Mi madre me dijo que DIOS ES COMO EL AZÚCAR en mi leche que ella prepara todas las mañanas. Yo no veo el azúcar que está dentro de la taza en medio de la leche, pero si ella me lo saca, queda sin sabor. 
Dios existe, y está siempre en el medio de nosotros, solo que no lo vemos. Pero si Él no está, nuestra vida queda sin sabor. La profesora sonrió y dijo: - Muy bien, Pedro, yo les enseñé muchas cosas, pero tú me enseñaste algo más profundo que todo lo que yo ya sabía. Yo ahora sé que Dios es nuestro azúcar y que ESTÁ TODOS LOS DÍAS ENDULZANDO NUESTRA VIDA.  Le dio un beso y salió sorprendida con la respuesta de aquel niño. La sabiduría no está en el conocimiento, pero sí en la vivencia de DIOS en nuestras vidas, pues teorías existen muchas, pero dulzura como la de DIOS no existe todavía, ni en los mejores azúcares. Te deseo un excelente día y no te olvides de colocar 'AZÚCAR' en tu vida. QUE DIOS TE BENDIGA Y ENDULCE SIEMPRE TU VIDA  Edith-Rodriguez
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EL PÁJARO DE LA VERDAD
 Érase un pescador muy pobre, que vivía en una choza a orilla del mar. Un día, estaba el pescador en el río y vio flotar en la corriente un arca de cristal con un niño y una niña recién nacidos en ella. El pobre pescador sintió lástima y los recogió, aunque ya tenía ocho hijos. Su mujer le recriminó por su acción, pero el pescador resignado, le contestó que si Dios se los enviaba, seguro que los ayudaría a criarlos. Y así sucedió, los pequeños crecieron sanos y robustos. Eran tan buenos, que el pescador y su mujer, vivían poniéndolos como ejemplo de sus otros hijos, lo cual despertó su envidia y enojo. Los hermanos les hacían mil maldades a los huerfanitos y ellos, para escapar a su furia, se refugiaban en el bosque a orillas del río y jugaban con los pájaros. Hicieron buena amistad y los pájaros les enseñaron a levantarse temprano y el idioma de los pájaros, además de muchas otras cosas.  Cierto día, los hijos del pescador estaban más rabiosos que de costumbre e increparon a los mellizos, reprochándoles porque no tenían padres. Los pequeños sintieron tanta tristeza y vergüenza, que a la mañana siguiente huyeron de la chocita del pescador, sin que nadie los escuchara.  Se dirigieron al campo y caminaron sin parar. Al mediodía, todavía no habían visto a nadie, estaban cansados y sedientos. Se internaron en un montecillo y encontraron una casita, cerrada y con sus dueños ausentes. Se sentaron bajo el alero de la puerta a descansar. A poco rato, algunas golondrinas se reunieron en el tejado y comenzaron a conversar. Como los niños habían aprendido el lenguaje de los pájaros, podían comprender la conversación. Conversaban dos aves, una de visita de la ciudad y otra residente del campo, preguntándose por las novedades. La golondrina de la ciudad, que vivía en un palacio, comentó sus experiencias con los humanos:  - El Rey se enamoró de la hija menor de un sastre y se casó con ella, era una niña muy buena. Pero resulta que el Rey debió partir para la guerra, justo cuando su mujer estaba embarazada. Pobre muchacha, los ministros y cortesanos que no la querían, aprovecharon para deshacerse de ella. Dijeron al Rey que la Reina había tenido un gato y una culebra por hijos. El Rey creyó la historia y mandó que los echaran al río y que emparedasen a la reina. Y así se hizo.  Las golondrinas se lamentaron por la suerte de la Reina y de los pequeños inocentes. Y los mellizos comenzaron a sospechar que ese era su origen. La narradora prosiguió: - Pero no lloren, porque Dios ha intervenido. La Reina fue asistida por su ama, que la quería bien. La buena mujer hizo un agujero en la pared y por allí le suministra alimentos, y sigue viva en su horrenda prisión. Los niños fueron recogidos por un buen pescador, que los ha criado. Los mellizos estaban felices de conocer su origen. Las golondrinas estaban entusiasmadas por la posibilidad de que los pequeños pudieran reunirse un día con su padre y liberar a su madre. 
Pero esto no era tan simple, sólo había una manera de convencer al rey de su error y desenmascarar a los ministros. Se lo había dicho un pájaro cucú (que es un pájaro zahorí ). La golondrina contó lo que el cucú le había dicho: - Sólo el Pájaro de la Verdad puede convencer al rey, pues él habla la lengua de los hombres, aunque la mayor parte del tiempo, ellos no quieren entenderle. Ese pájaro está en el castillo de “Irás y no volverás”, que está guardado por un gigante terrible que sólo duerme durante un cuarto de hora. No sé dónde está el castillo. Pero sé que cerca hay una torre, donde vive una bruja pícara que conoce el camino, y está dispuesta a contarlo a quien le traiga el agua de muchos colores de la fuente del castillo, que ella utiliza para sus encantos. Pero no dirá jamás donde está el Pájaro de la Verdad, pues lo detesta y quiere verlo muerto, pero como ese pájaro no puede morir, entonces lo tiene encerrado en el castillo con el gigante y custodiado por los pájaros de la mentira que no lo dejan respirar.  - ¿Pero nadie más podrá contarles dónde está escondido el Pájaro de la Verdad? - Sólo un mochuelo ermitaño que apenas sabe la palabra “cruz”, en el idioma de los hombres, por lo que no logrará hacerse entender si los niños se llegaran hasta él. La golondrina se despidió de sus amigas, pues estaba por ocultarse el sol, y los niños marcharon con el mismo rumbo, sin sentir hambre ni cansancio. En poco tiempo llegaron a una ciudad, que suponían era la de su padre y pidieron albergue por la noche en casa de una buena mujer que encontraron. Como a la mañana siguiente se levantaran tan temprano e hicieran los quehaceres, la mujer les propuso que vivieran con ella. El pequeño dejó allí a su hermana y se despidió. Anduvo tres días sin encontrar la torre y al cuarto, estaba ya desesperanzado, cuando vio llegar a una tórtola y le preguntó por el castillo. La paloma le dijo que siguiera el viento. Así lo hizo, y en el campo árido, encontró a la noche la torre donde vivía la bruja. Era un lugar temible, pero el niño prosiguió y tocó a la puerta. Lo recibió una vieja horrenda rodeada de sabandijas. La bruja se molestó y le dijo que se lo diría al día siguiente, pero el niño insistió, por lo cual, la bruja no tuvo más remedio que acceder, pero le exigió que llevase el agua mágica.  - Debes traerme el “agua de muchos colores” que brota de la fuente que está en el patio del castillo. Si no me la traes, te convierto en lagartija para toda la eternidad. La bruja ordenó a un pobre perro flaco que lo condujera al castillo sin avisar al gigante. Llegaron al castillo en apenas dos horas y las puertas estaban abiertas. El perro no quiso continuar y se puso a aullar. El niño se refugió bajo el único árbol que había, y fue cuando escuchó el llamado del mochuelo ermitaño. El niño pidió su ayuda y el mochuelo contestó: - Llena el jarro con el agua clara que brota del manantial al pie de la fuente del “agua de muchos colores”. Ve a la pajarera y no elijas a los pájaros vistosos que te gritarán que son el Pájaro de la Verdad. Elije al pajarito blanco que tienen arrinconado. Date prisa, pues el gigante acaba de dormirse y no tienes más que un cuarto de hora.  El niño obedeció al mochuelo y logró su cometido. Se encaminó luego a la torre de la bruja. Cuando le entregó el agua, la bruja se la echó encima, creyendo que era el agua mágica y que lo convertiría en un loro, pero como era agua pura, el niño se puso más hermoso. Al instante, acudieron todas las sabandijas a empaparse en el agua pura, y como eran personas hechizadas, se convirtieron nuevamente en caballeros, princesas, músicos, niños y demás. Cuando la bruja vio lo sucedido, tomó su escoba y echó a volar. Los desencantados agradecieron al niño y se marcharon. El niño fue por su hermana, pero les restaba llegar al Rey. De alguna forma, los cortesanos estaban enterados de la llegada del Pájaro de la Verdad a la corte y estaban prevenidos. Pero tanto se habló del asunto, que el Rey se enteró, y desoyendo los consejos, quiso ver al pájaro. El niño se presentó en el castillo con el pájaro en su pecho, pero no le dejaron entrar. Entonces el Pájaro de la Verdad se escapó y llegó hasta el Rey y le contó lo sucedido. El rey mandó buscar a los niños y quiso saber quiénes eran. A lo que el niño respondió que se lo preguntar al Pájaro de la Verdad.  El pájaro contó todo al Rey. Apenas éste le hubo escuchado, estrechó a los niños entre sus brazos y mandó liberar a la Reina. La Reina estaba tan desmejorada que parecía un cadáver, pero al ver a sus hijos, la sangre retornó a su cuerpo y se puso más hermosa que nunca. Mandó traer al pescador y a su esposa y los nombró: Ministro de la Pesca y Duquesa de la Huelga. Se repartieron muchas gracias y dones. Y yo fui y vine y no me dieron nada. 
Fernán Caballero
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